Teníamos unos días y Malasia se nos había quedado pequeña. Había ganas de buscar, descubrir y de paso, alejarnos del día a día del equipo. Parte eran ganas de aventura, parte ganas de huir. Cuando llevas 2 semanas compartiendo casi todo con 40 personas, te dan ganas de irte y lejos. En un equipo de F1 se come junto a tus compañeros, se trabaja codo a codo, se viaja cogido de la mano y se duerme compartiendo habitación.

En fin, que queríamos irnos y no a torcer la esquina. Destino fijado: Tailandia. Creo recordar que volamos de Kuala Lumpur a Bangkok en Airasia, la compañía de Tony Fernandes. Quién nos iba a decir que, a posteriori, se convertiría en el propietario de un equipo de F1. Un hombre que consiguió volar pero no nadar; naufragó en su aventura con Caterham F1. Pero bueno, no es Tony el que va a protagonizar las líneas de este relato, que lo merecería. El tema que me ocupa es nuestro micro viaje a Tailandia.

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Ir en Tuk Tuk por la Bangkok no te garantiza llegar antes.

Las dos primeras jornadas fueron muy intensas, quizás demasiado. Budas, templos, hostels (esos hostales para viajeros en los que compartes habitación, WC, ducha, ilusiones y penas…) y ambiente cargado, muy cargado. Es un gran hermano constante en el que, eso sí, hay pijamas con mejor gracia y gusto que el de la Esteban ( que yo no miro GHVIP, eh!!!). Queríamos desconectar de normas, horarios y planings. Y claro, o se hace bien o no se hace. Bueno, tampoco les voy a decir que fue la monda. No terminé de empaparme de ese ambiente místico que desprende cada uno de los saturados rincones de la ciudad. Prometía y en promesa se quedó.

Los temerarios viajes en tuk tuk por el centro de Bangkok terminaron por dinamitar nuestra paciencia. Empieza divertido el tema, pero a medida q avanza el día acabas harto. Quieres ir a un sitio y te llevan, sí o sí, a una sastrería o a una sauna. Y si te cabreas se paran a comer, pero a comer delante de una sastrería o de una sauna. Aunque nos reímos con ellos, que no de ellos, decidimos irnos hacia otro ambiente. Nos dejamos aconsejar y esta vez, mal.

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Si bebes no te pongas al volante ni pa la foto. Patético.

Bus y hacia la paradisíaca Pattaya. Ir en transporte público en estos países es toda una masterclass de cómo funciona la vida. Y es que de vez en cuando va bien bajarse de las carrozas de la cenicienta a las que te tiene acostumbrada la F1. Del vivir para ganar que te graba la F1 en la frente, pasas al ganar para vivir en un abrir y cerrar de ojos. Fueron 3 sudorosas horas que nos llevaron a la que debía ser nuestra válvula de escape y desconexión. Después de 2 días en Bangkok, teníamos ganas de playa, aire fresco y unas cervezas con vistas al mar.

Llegamos tarde. Hotel, cena y a tomar una cerveza. Sin saber dónde estábamos ni que queríamos, salimos a dar una vuelta. No pudimos resistirnos a los tirones (y no del bolso, pero casi) para entrar en un bar. Entramos.

El espectáculo era bochornoso, depravante e infame. Nunca había sentido tan alejado de la raza humana. No voy a describiros con detalle la escena y ni escenario y mucho menos los actores, pero de los de la platea me sentía el más joven y a su lado un monaguillo de misa del domingo. Tal como entramos, salimos. En nuestro desfile tuvimos que esquivar unas cuantas pelotas de ping pong (aquí los fabricantes de pelotas de este deporte tienen una mina y no en los Campeonatos del Mundo!). Me fui a dormir impactado. Nunca piensas que estos antros existen y que encima sean reputados (salió esta palabra, que quieren que les diga..) y sobretodo legales. Te entran ganas de quitarles la jubilación a todos (eso para ayudar al déficit) y colgar sus fotos en la plaza Mayor de su pueblo. Nunca antes había salido tan deprisa de un bar, la verdad.

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Al final siempre terminamos quemando adrenalina con algo de motor

Pero estábamos allí para reír y disfrutar. El día siguiente alquilamos un 4×4 y a hacer de guiris por Tailandia. Playa, quads… agotador. Teníamos solo un día y una noche y exprimimos nuestras a más no poder. Fue un ir y venir, subir y bajar. Acelerar y acelerar más. Pero eso pasa factura y llegas la final del día realmente exhausto.

En ese estado es fácil ceder a uno de los muchos reclamos publicitarios que hay en todas las calles de la zona más playera de Pattaya. Estábamos cansados, mucho. Apetecía y entramos. Un masaje corporal para relajar musculatura y poder volver a Malasia preparados para la lucha. No soy un fanático de los masajes. No me sientan tan bien como a muchos y contaría con los dedos de mis manos las veces que me he tirado en una camilla por voluntad propia o con intenciones relajantes propias, que no ajenas. Total, que pa dentro.

Las señoritas presentes nos atendieron de maravilla y después de las divertidas e imprescindibles negociaciones, llegamos a un acuerdo. Como buenos guiris, pagamos por adelantado para evitar malos entendidos. Poca luz, aromas exóticos, aceites especiales (de especias, claro) y música relajante (de esta que ponen ahora en el dentista y que ni te tranquiliza ni tapa el sonido del arma diabólica que utilizan para las caries). Total, tirado en la camilla, bocabajo y con los atuendos necesarios (que son pocos) para estos menesteres. Entró la masajista y se puso manos a la obra.

Todo iba perfecto y el masaje resultaba hyper relajante. Piernas, brazos, cuello, bíceps, tríceps (creo que de esto también tengo… aunque escondido)…distensión total. Pero la masajista insistía, quizás demasiado, en la zona del bajo vientre, en la que quizás es donde menos estrés y cansancio tenía (Asia me despierta muchas cosas pero en este tema poco). Pese a todo, te das cuenta que uno no es de piedra, piensas que la cuenta ya está pagada y que quizás no entendiste bien el concepto de masaje corporal. Pero llega la Tabacalera Tailandesa y ….¡te rescata!. La masajista no pudo resistirse, no pudo frenar a la naturaleza y…. tosió! Ai madre si tosió. ¡¡¡Pero qué tos!!!… No sé que fumarán aquí, pero era una tos de entre Ducados, 46 y Celtas cortos, como aquella de Sabina cuando era Sabina.

Mis oídos dejaron de oír música, mi nariz de oler a jazmín y mis párpados de ser losas pesadas. Puños cerrados, ojos abiertos a más no poder, dedos de los pies recogidos, y descansen armas. En ese momento terminó el masaje o al menos en esa vertiente, que les puedo asegurar que no figuraba en mi catálogo de peticiones. En verdad, aquella tos, aquel tabaco que tanto mata, me salvó aún no sé de qué; quizás solo lo evitó o lo retardó. Pese a que creo que la sexualidad es una opción en la que todos deberíamos ser libres y nadie juez, sentí aún no había llegado mi momento de cambiar mi condición, ni tan siquiera de intentarlo.

Hay momentos en los que mola ir de guiri, pero tampoco hace falta hacer el notas…

La F1 te encaja en algunos estereotipos de los que es difícil huir. Los que viajamos en entornos cargados de glamour, dinero y show estamos sujetos a que nos sitúen en un escenario al que seguramente nunca hayamos subido. No les voy a decir que la F1 es un santuario de predicación, meditación, abstinencia y reclusión. Para nada. Pero aquí, como en cualquier otro ámbito de la sociedad, hay de todo. Ni tenemos el placer (quería decidir oportunidad, digo ocasión) de quedar con las chicas de la parrilla, ni de irnos de copas con las exuberantes (quise decir estiradas) modelos, ni de asistir a las espectaculares (léase aburridas) noches del Amber Lounge, ni tampoco a las desmadradas (digo insípidas) fiestas de Red Bull.

La F1 es un circo. Y como en todo circo hay domadores, payasos, equilibristas, animales (aquí son pirañas y tiburones) pero también están los que montan la carpa, los que conducen los camiones y los que dan de comer a los leones. Y en estos últimos, los que no se ven, es donde se vive una F1 diferente, la otra F1 que tanto me gusta: La que hace de tu trabajo, tu vida.