El Gran Premio de Malasia queda siempre encajado en el primer tour transoceánico del calendario del Mundial de F1. Muchos de los equipos permiten a todos sus miembros modificar los planes logísticos y quedarse unos días en origen o destino. El estrés, la tensión y el desgaste que ejerce el principio de la temporada sobre todos los miembros de este circo, casi obliga a detenerse para disfrutar de unos días de relax que permitan desconectar de 3 meses frenéticos y sin pausa alguna.

Camino de Kuala Lumpur me viene a la memoria una aventura que viví Malasia cuando vine con la F1. Era el inicio de la temporada 2007 y a los mecánicos de Super Aguri Honda también nos permitían, si lo solicitábamos, quedarnos a descansar entre carrera y carrera: cinco días de “sálvese quien pueda”.

Debíamos escoger entre quedarnos en el Mines Hotel, un resort con playa privada en el que puedes pedirte un zumo desde la tumbona e irte cada noche a Kuala Lumpur al Beach Bar (un pub/antro en el que entras con ganas de pasártelo bien y del que te sales convencido de que: 1) sé bailar 2) soy guapo y 3) el taxi es carísimo…) o espabilarse por cuenta propia. Al final encontré a alguien con el que hacer algo diferente, alguien con quien conocer lo desconocido: mi buen amigo Marc.

Marc, le llamábamos Skippy, era uno de los pocos del equipo que se interesaba por los sitios, la gente, la cultura y la historia por donde deambulaba el Mundial de F1. Marc se avino a aventurarse a descubrir Malasia. Lejos de las rutas turísticas tradicionales, decidimos lanzarnos a la aventura.

Nada más aterrizar, alquilamos un coche en el aeropuerto y nos dirigimos, previo paso por el ressort, a la aventura, nuestra aventura. El bueno de Iñaki nos había hablado de un lago en medio de la selva que era realmente espectacular, el Kenyhir Lake. Objetivo fijado, ruta desconocida y la máquina, preparada. ¿Dije máquina? Vaya, ya lo siento. Era un Proton 1.3 con cambio automático, pero bendito cambio automático; les cuento porqué:

Selfie a distacia antes de entrar en la selva con el Proton 1.3

Selfie a distacia antes de entrar en la selva con el Proton 1.3

Los dos primeros días fueron divertidos. Playas paradisíacas, pueblos recónditos, comidas arriesgadas… Nuestras ganas de ver, sentir, tocar y probar lo desconocido no tenía límites. Comida rara, la probábamos. Carretera sin asfaltar, la cogíamos. Bebida de color indefinido, la engullíamos. Fruta tropical… ai la fruta tropical. En un pequeño poblado de pescadores quisimos probar las frutas autóctonas del lugar. Fuimos al mercado y cuanto más rara era por color, textura y olor, más atractiva nos parecía; al saco. Compramos un cuchillo en la ferretería del pueblo y seguimos nuestro camino mientras degustábamos esa selección frutera. Skippy, cuchillo en mano, me iba suministrando trozos de fruta mientras yo conducía. Lo que pasó entre ese momento y los siguientes 10 minutos fue realmente el momento más delicado de la aventura.

A medida que avanzábamos, los ruidos de las maltratadas homocinéticas de las transmisiones del Proton quedaron eclipsados por los retortijones de nuestros estómagos. La naturaleza nos había recordado que allí éramos extraños, diferentes y que estábamos poco preparados. El ataque a nuestro instinto de conquistadores fue letal y por igual a los dos. Sudor fría, risitas de dientes apretados, respiración forzada, manos agarragadas con todas mis fuerzas al volante y culo apretado a más no poder. Fueron los 10 kms más largos de mi existencia. No sabía si acelerar o frenar, si seguir adelante o parar en medio la carretera. Si llego a tener que pisar el embrague, no hubiese podido evitar la descarga (que no eléctrica). Una gasolinera Petronas fue nuestra salvación.

Aquí corto del relato para evitar herir algunas sensibilidades. Después de todo, conseguimos llegar al lago. Espectacular. Nuestro periplo terminó en una travesía por la selva rodeados de bulldocers (esto merece otro relato) y una visita a las tierras del té, en las que no se me ocurrió otra cosa que pedir un café. En fin, que llegamos sanos y salvos al Hotel para reunirnos de nuevo con el resto del equipo.

El té no está entre mis preferidos. Pedí un café y casi me echan.

El té no está entre mis preferidos. Pedí un café y casi me echan.

De allí nos fuimos al Circuito de Sepang a trabajar. En aquella época el curfew – ese toque de queda que obliga a los equipos a descansar- no existía. El SA07 no tenía nada que ver con sus antecesores. Otro mundo. Nunca olvidaremos aquellas largas y épicas noches, épicas de 2006: En esos primeros compases de temporada, no montábamos los coches, los reconstruíamos. El Super Aguri 05 no era otro que el Arrows A23 de 2002 con una aerodinámica renovada y un poco evolucionado propulsor Honda (el último paso por la F1 de los japoneses como motoristas no fue muy laureado que digamos). Equipo poco experimentado, poco recambio o ninguno, piezas viejas o más bien reliquias…era un puzle de recursos humanos y materiales. Pero esas situaciones te ayudan a crecer y mucho. Allí se aprende, es la mejor de las escuelas. Improvisación y capacidad de encontrar soluciones a los problemas eran nuestras máximas del día a día. El dormir y descansar pasaba siempre a un segundo plano, no era vital, ni en el fondo queríamos que lo fuera. Café, Red Bull e ilusión desbocada nos mantenían despiertos y concentrados. Terminamos la carrera. Objetivo logrado. Últimos y a 3 vueltas del vencedor sí, pero para nosotros fue una gran victoria.

Nos creíamos más buenos de lo que éramos, más preparados de lo que pensábamos y más listos de lo que podíamos llegar a ser. La realidad era otra, pero como en aquel bar de Kuala Lumpur la ilusión nos hizo sentir grandes. Menos mal que cada vez que me creía el mejor mecánico del mundo y que la F1 no era lo mismo sin mí, allí estaba la madre naturaleza para ponerme en mi sitio y recordarme que solo somos grandes cuando nuestro alrededor es pequeño. Pude con la F1, pero no con una fruta, la fruta prohibida, pero solo para unos pocos.

#ganasdeF1

Albert