Había sufrido una lumbalgia y no podía casi ni andar. El dolor era insoportable. Que si pastillas, que si reposo, que si una manta caliente…, nada, tuve que claudicar. No hubo otro remedio que infiltrarme para poder subir al avión que nos llevaba al Gran Premio de Alemania, allá en Julio de 2014. Nunca olvidaré ni la mirada, ni las palabras de la enfermera en los instantes previos: ”Tranquilo será rápido y sin dolor”. Qué largos se hacen esos momentos. Miras de reojo la aguja cuando la sacan del envoltorio y sí, siempre es más grande de lo normal. Pones cara de sobrado cuando llenan la chiringa y luego cierras los ojos cuando te bajas pantalones y calzoncillos mientras te quedas indefenso y plegado en la camilla. Ojos cerrados y a expensas de lo que pueda venir por detrás. Tardan mucho, demasiado. El algodón aquí tampoco engaña. Es el previo a la ejecución. Y, ¡zasca! ¡Hostias! Yo creo que tocaron hueso o un nervio o algo, no puede ser que siempre duela tanto. Me fui cojo, pero con cabeza alta, mirada al frente y convencido que las agujas siguen sin darme miedo… Uno que es valiente, ¡claro!

En estas condiciones tan precarias lo último que se le pasa por la cabeza a cualquiera con dos dedos de frente es apuntarse a una carrera de Karts. Pues eso, ni dedos, ni frente. Pero la ocasión, aunque no lo merecía, lo mereció. Les cuento:

El Banco Santander había organizado un evento para los medios de comunicación desplazados al Gran Premio para pasar un buen rato en un entorno, como no podía ser de otra manera, de competición: La Carrera de las Naciones. Una competición por equipos formados por los representantes de la media (léase mediática, no mitad) en una carrera de 1 hora y con relevos. Así que ni corto ni perezoso, vencí mi dolor, me dopé un poco más y al ruedo. Lo importante es participar, sí; pero espero que me perdone el estimado Varón Pierre de Coubertin, pero es que yo me lo paso mejor ganando, mucho mejor. Hay muchas otras cosas en las que me gusta sólo participar, como… si hombre…el mmm….no me sale…ejem… en fin, sigamos.

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La lumbalgia no fue obstáculo…ese día Foto: www.laf1.es

El equipo lo formábamos Antonio, Miguel, Jacobo y un servidor. De reserva teníamos a Carlos, toda una garantía y de Team Manager al maestro José María. Un equipo de lujo. Bajitos todos y poco pesados, algunos. Les pedí realizar el último relevo por si mi espalda no aguantaba y debía terminar prematuramente mi tanda. Aquí, un buen analista técnico diría que lo que buscaba es más goma en la pista, chasis y neumáticos a temperatura y menos gasolina, pero oigan, a los analistas ni caso. A ver si va a parecer que había cuento.

Preparamos bien la carrera y saltamos a pista con buenas sensaciones. Buenos entrenamientos, buena salida y pese a alguna sanción, ganamos holgadamente la carrera, con paseo triunfal final incluido. Abrazos y alegría por doquier. En un mundo tan anglosajón, en el que el resto del mundo parecemos invitados de piedra destinados solo a admirar y a aplaudir, siempre es grato demostrar que hay vida más allá, y de la buena. No les dimos opción, y sus caras reflejaban el sabor amargo de la derrota.

Pero la alegría se transformó en sorpresa cuando nos comunicaron que los más rápidos de cada equipo teníamos nuestra recompensa en forma de regalo especial. Dije teníamos, ¡sí! Yo conseguí el mejor tiempo de los nuestros. El veloz, “por los pelos” (yo era el más dotado del equipo… capilarmente hablando) y por lo tanto me uní a los más veloces del resto de equipos. Hasta aquí todo normal, pero la sorpresa no era otra que medirnos con los profesionales de verdad. Alonso, Raikkonen, Gené, Bianchi y Marciello aparecieron de la nada con su flamante mono rojo. Parecían los Reyes Magos llegados de oriente, pero no lo eran: en F1, Baltasar va de gris y conduce un Mercedes. Se me quitó la sonrisa en un santiamén y no tardé en notar mis cataplines empujar estómago arriba a la caza de mi nuez.

No hubo tiempo para mucho. Sonrisas como si nos conociéramos de toda la vida. No me gusta en demasía eso de ser muy amigo de los pilotos porque, pese a que les admiro y respeto con gran deboción, luego me temblaría el criterio. O sea que sorteo para unirnos a uno de ellos para hacer equipo y a la pista. A mí me tocó con un grande por el que siento un gran respeto: Marc Gené.

Con Marc Gené. Un gran piloto y un gran tipo.

Con Marc Gené. Un gran piloto y un gran tipo. Foto: Rubio

Parrilla formada y claro, allí estaba el de Olot, con un tal Raikkonen, un tal Alonso, un tal Gené, Marciello y el malogrado Bianchi, justo detrás mío. Yo había realizado el mejor tiempo absoluto y por lo tanto me tocó salir desde la posición más privilegiada: la pole position. En situaciones como ésta lo primero que piensas es en no dar la nota y terminar la carrera no siendo señalado. Pero había que competir, y a eso estábamos. Así que cuando la visera bajó, me acordé de la enfermera del CAP de Olot, del dolor infringido y a correr. El rojo de los monos Ferrari se diluyó entre aquellos de alquiler que nos dieron para correr. Ahora todos eran rivales quienes podían arrebatarme lo que todos allí buscábamos: la victoria.

La carrera tuvo momentos interesantes y disputados. Foto: www.laf1.es

En la vuelta de formación ya me percaté que de pasarlo bien, más bien poco, o nada. Salía en pole y debía liderar el grupo hasta la salida, pero antes de llegar la curva que precedía la recta principal, el representante italiano se me coló, y por si fuera poco, me echó fuera de la pista. ¡Maniobra digna de 3 puntos de licencia y de un drive through! Pero allí no había ni comisarios, ni Charlie Whiting que pudiera retrasar la salida para reordenar el grupo. Total, que pasé por la salida en… ¡5ª posición! En ese momento pensé que no era justo y que no podía quedarse así. Tocaba luchar y correr, o sea que cuchillo de Algarrobo entre dientes y al ataque. Poco a poco. Uno a uno. Sin prisa, pero sin pausa. Con paciencia y aprovechando los momentos, que los hubo. Remonté y vencí esa carrera. Mi día de gloria. Había ganado a todos y cuantos allí había. Toma Ferrariiii!!! (dónde habré aprendido yo esa frase…). Aplausos, abrazos, besos y trofeos.

En el podio, con los pilotos “vencidos” de Ferrari. Foto: Rubio

Las primeras palabras al llegar a meta fueron para ensalzar el rendimiento del Kart que conducía: “¡Cómo corría mi Kart!”. Vaya patinazo. Tantos años de carreras y sigo sin aprender. Aquí demostré que no podría ser un buen piloto. Me entrevistaron todas las TV allí presentes y la noticia salió en algunos periódicos. Mis queridos y admirados compañeros de fatigas de TV3 sacaron este reportaje.

http://www.ccma.cat/tv3/alacarta/la-formula/denginyer-a-pilot/video/5182478/

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Ganó el que no tenía que ganar. Mi día de gloria, al que no por ello, siguieron cien de pena. Fue una sensación agradable, en la que primero piensas “madre la que he liado“, y que con el paso de los minutos, sino segundos, vas relajando la euforia hasta darte cuenta de la relativa y minimalista trascendencia del evento. En realidad el triunfo fue de equipo, como todos los de este querido y exigente deporte/negocio. Los individualismos son aquí, vengan de donde vengan, dinamita pura para conseguir los objetivos.

Recuerdo que el adelantamiento final fue a Jules Bianchi: hace pocos días que nos dejaste aquí en la Tierra. Luchaste como siempre habías hecho. No perdiste. Los que te conocieron de cerca dicen que por encima de un gran talento, hemos perdido un gran ser humano. Todos hemos ganado conociéndote. Hasta siempre Jules. #ciaoJules

#ganasdef1 #enfermosdef1

Albert