China ha sido en estos últimos años un país especial para mí. En mi última etapa en la malograda HRT tuve la misión de hacer de entrenador (coach) de Ma Qing Hua, el piloto chino que estaba destinado a salvar al proyecto español de F1 y de paso abrir China a la F1. La misión era clara: obtener la Superlicencia, debutar en unos libres de un Gran Premio y prepararlo por si las condiciones permitían que se convirtiera en piloto titular y arrastrar con él un gran patrocinador. Además, todo esto tenía que ser rápido y barato, claro (receta muy española ésta).

El desafío era mayúsculo. Tan solo había pilotado en una carrera de la A1 GP – sin grandes resultados- y alguna carrera de F3, pero sin continuidad ni progresión. Físicamente no estaba preparado (ni siquiera para una carrera de Karts) y era un total desconocido y desconocedor en y de la F1. Pero hay momentos en los que uno tiene y siente la necesidad de ir en contra de todo y todos para conseguir lo imposible (frase de moda ahora en política). Así que arremangarse y a currar. Con poco, muy poco, conseguimos mucho, muchísimo. No solo debutó, sino que disputó 4 FP1 con HRT y una quinta la temporada posterior como piloto de Caterham F1 en Shanghai. Se convirtió en el primer piloto chino de F1 en muchas cosas, pero lo más importante es eso, que se convirtió en piloto. Les aseguro que no fue nada fácil. Algunos se fregaban las manos, pero no salvó a nadie de nada y a nada de nadie.

Ma con Ecclestone y yo mismo en Monza

Después de debutar en el GP de China, (para nosotros fue un logro para otros un trámite), me quedé en Shanghai unos días para ayudar a Ma a digerir todo lo que había sucedido en aquel tenso y trepidante inicio de temporada. En uno de esos días, me invitaron a una cena de las muchas que se hacen aquí previo paso al inicio de futuros negocios. Tres reputados empresarios de diferentes sectores se sentaban por primera vez en una mesa juntos. Debíamos ser unas 25 personas en una mesa redonda que parecía una plaza de toros ( yo no paraba de mirar de reojo la puerta esperando que en algún momento saliera alguien con un cartelito que pusiera “Manolito 456kg” y se liara parda). En China, el primer contacto se hace alrededor de una mesa redonda y degustando un inacabable manjar que no para de dar vueltas. Pero el protagonismo recayó inicialmente sobe Ma y sus hazañas deportivas. Y digo inicialmente porqué a medida que avanzó la cena el protagonismo fue derivándose, desgraciadamente, hacia mí. Les cuento:

Este tipo de cenas son una auténtica demostración de poderío y capacidad de liderazgo. Pero los poderosos son los que más llenan sus copas y los líderes los que son capaces de engullir más sin tan siquiera titubear. El respeto y gratitud se mide ofreciendo brindis de vino y  a cada uno de los comensales invitados al convite y viceversa. Y claro, en medio de todo esto, yo era el único occidental; perdido, despistado. La cena trascurrió entre brindis y brindis, más que entre plato y plato. El vino y sobretodo el baijiu (un licor típico de arroz que es lo más parecido a la aguarrás, pero de la caducada) empezaron a hacer mella en mi olvidada sensatez. Ni corto ni perezoso me levanté e hice un brindis en honor a la persona que llevaba la voz cantante (hoy no toca hablar de kareokes, aunque da para un par de relatos..) y que además era el más corpulento de la mesa. Allí estaba yo, presentando candidatura para convertirme en el notas de la cena. Se levantó de su silla. Vino hacia mí con aspecto amigable y me devolvió el brindis. Hasta aquí todo bien…..pero, ¡ai el de Olot! Con lo bonito que estaba yo con la boquita cerrada y con cara de guiri asustado. Pues no, tuve que hablar. En un absurdo alarde de mi escueto vocabulario chino, le desafié mientras ya estaba de vuelta a su asiento. Se paró en seco. La escena entró en modo pausa. Se hizo un silencio sepulcral. Los camareros se detuvieron, los comensales pararon de comer y conversar, dejando caer los palillos sobre la mesa. Ma se puso la mano en la cabeza mientras la bajaba la cabeza para no ver la escena…

RV RACING PRESS

Se giró. Su rostro había cambiado. Cejas arriba, ojos entreabiertos fijando el objetivo (léase yo) dientes apretados, morros fuera… Volvió. Se paró ante mí, o lo que quedaba de mí. Empezó a soltar una frase cada vez más subida de tono para terminar con un brindis más y una gran carcajada final, acompañada por la de parte de los comensales que de esa manera rompieron el modo pausa que había impuesto la situación. Me reí para disimular mi acojone y la sensación que de recorría mi cuerpo. Oía la vocecita –aquella que siempre habla demasiado tarde- que me decía “Albert, estabas mejor calladito”. El hombre se cebó en mí, claro. Otro brindis, y otro más, y otro… Terminé mal, muy mal. Ellos aguantaron, yo no.

Para no entrar en detalles les diré que la deliciosa cena que había degustado no se vino conmigo de vuelta al hotel. La mañana siguiente las marcas en los zapatos me refrescaron la memoria del último episodio que me costaba recordar, pero que ahora intento no olvidar.

China es diferente y no solo en las cenas ni en la manera de hacer los negocios. La F1 lleva aquí más de 10 años y la puerta sigue sin abrirse. Los múltiples intentos por penetrar en este goloso mercado no han cumplido ni tan solo las expectativas más conservadoras. Ha triunfado el futbol, el tenis, el baloncesto…Aquí casi todos los deportes generan una extraordinaria pasión y expectación, lo que conlleva a la par un gran negocio, pero la F1 no lo ha conseguido.

Mal nos pese, la F1 de hoy vive aún de sus herencias e inercias. La regeneración que debía haber llegado no asoma ni tan solo la cabeza, y los actores protagonistas, los que controlan este deporte hecho negocio, tan solo son capaces de sentarse en una mesa para emborracharse de éxito, ego, dinero y poder. Y el mayor problema es que en esa mesa giratoria, al final de la vuelta solo llegan las migas del pastel. No hay para todos y la cena se convierte en un festínde unos cuantos. Quizás algún día la F1 deberá mirar sus zapatos para entender que ha pasado, y ese día será demasiado tarde.

Albert

#ganasdeF1